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sábado, 30 de enero de 2016


¡FLORES DE KATMANDÚ, CUBRID LA TIERRA!


Por las herzianas ondas
llega inmenso el horror
de la mujer, del niño,
del hombre que eres tú...

Su dueño es el quebranto
que sabe de zozobras
que sabe de amarguras
y que por sí me alcanza.

Orquídeas, jazmines, rododendros...
flores de Katmandú, cubrid el valle
y amortajad los cuerpos de las víctimas
tragadas por la tierra con horror.

Nepal, tu sufrimiento
es fuego que me abrasa
y me mueve hacia ti
con la fuerza del rayo. 

Con pasión he querido proclamarte 
nombrándote en mil formas, compasión,
y al nombrarte me sabes a Nepal
y tu nombre me alivia y me consuela.

Y no puedo ni quiero pronunciar
tu nombre quebrantado sin tristeza
que la pena por quienes han caído
sepultados en vida es compasión.

Necesario a tu llaga es el ungüento
de nuestra mano amiga que a ti llega
por no poder mirar, Nepal, tu angustia
sin que todo nos mueva a compasión.

Compasión, aguja que sutura las heridas
con la fuerza del rayo,
a tu amparo se acogen una mujer, un niño...
sangre nuestra que se escapa en el techo del mundo.

Orquídeas, jazmines, rododendros…
si por dolor ungidos sois heraldos
y cuencos de esperanza
seguid clamando a todos.

Corazones abiertos
heraldos de la vida,
que nadie quede al margen…
¡FLORES DE KATMANDÚ, CUBRID LA TIERRA! 


Antonio Capilla, en la antología NECESARIAS PALABRAS
y en el libro inédito LUMINOSA CRISÁLIDA



martes, 26 de enero de 2016

PAJARILLOS SIN NIDO


I


Es noviembre veintiuno
otoño y de mañana.
Abrumados los tilos nos contemplan
de sus hojas bronceadas despojados
medio desnudos ya.

La hierba luminaria de la vida
permanece sepulta
por un cuajo dorado
de Tánatos homicida excrecencia
que no tiene piedad.

Y un bando de gorriones
abandonando el nido
ha volado a los claros de la guerra
abrumados por lo que está pasando
bajo lluvia de plomo pertinaz.

Minúsculo este cuadro
en el marco del mundo que vivimos
parece que nos da los buenos días
sin saber ni querer saber siquiera
que no estamos tranquilos... si no hay paz.



Antonio Capilla, en LUMINOSA CRISÁLIDA, libro inédito

martes, 19 de enero de 2016

YO SOY DUEÑO DEL SILENCIO


THANATOS es el protagonista de este poema que publiqué hace ya veinticinco años y que no es sino el símbolo de la amarga realidad que ya vivimos y que el vate condena con su palabra.


YO SOY DUEÑO DEL SILENCIO 


Levantose un día Thanatos y así habló:

“Soy la paz.
Yo soy dueño del silencio
y en la noche sin estrellas
soy la arena infecunda del desierto.
Soy la alondra que impasible en la vitrina
por la mano del hombre disecada
os contempla
y soy flor que arrancada de la rama
se marchita.
Soy el Todo y soy la Nada
y soy Dios.
Pues en todo permanezco,
yo soy Dios”.

Y hubo muchos que dijeron con Thanatos:

“Él es Dios, él es Dios”.

Fulgió entonces el sol afilado del acero
y la sangre subió como una llama volcánica
ante la gélida indiferencia de Ceres.
Y cubriose la Tierra de cadáveres
y las bestias se espantaron
ante la crueldad de esos hombres.
Y habitaron las mansiones del placer
y rociaron sus cuerpos
con esencias de violetas y de nardos.
Y llenaron sus abdómenes
de licores y majares refinados.
Y erigieron grandes templos
con misílicos pilares levantados.
Y afirmaron con cinismo:

“Somos nobles
pues servimos a Thanatos”.

Creció y creció
el clamor quejumbroso de la plebe.
Y asesinaron, torturaron...
Y otra vez inquilinos del placer
y del lujo a los balcones asomados
contemplaron la gran marea de sangre
que subía del asfalto.
“Oh, Thanatos,
¿qué nos queda por hacer?”

- preguntaron –

“Quiero el templo de la Tierra,
de la Tierra quiero el templo consagrado”.

Rociaron entonces sus cabezas
con el polvo de cuerpos calcinados, 
y entre gritos esperpénticos
y entre danzas de abyectos desalmados
arrojaron de los templos...
sus misílicos regalos.

Antonio Capilla, Y EL CORAZÓN AL VIENTO, Madrid, 1991